miércoles, 22 de mayo de 2013

El Juicio Final


Recordaba con certeza el momento exacto en que se tomó la fotografía: retrato de pareja joven sobre cielo sin nubes. Él la abrazaba desde atrás. El nudo de la corbata torcido, los ojos entrecerrados en una sonrisa traviesa, conseguían desaliñar el impecable peinado de peluquería. Ella, con la cabeza recostada sobre el pecho de él, mostraba la curva del cuello hasta bien entrado el hombro. El blanco del vestido parecía anunciar una transfiguración inminente.

La ceremonia no escatimó ni un solo lugar común, pero ellos – y algunos de los co-protagonistas – la vivieron como si fueran pioneros. La madrina lloró. El primo berreó. Los niños se aburrieron. Hubo quien se rió a destiempo. Y los nervios, claro. Tras el arroz y el carnaval lisérgico de parabienes en la puerta de la iglesia, él, ella, el cuñado – chófer oficial de los novios – y el fotógrafo se fueron a la rosaleda en un citroën DS alquilado para inmortalizar el acontecimiento. El fotógrafo, más joven y jipi que ellos, sacó unos cigarrillos de grifa. El cuñado fue al kiosko junto al estanque a comprar cervezas. “Éste va a ser vuestro único momento relajado en todo el día” - dijo el fotógrafo - “Disfrutadlo”. El citroën tenía un casete ocho pistas y un solo cartucho: los Grandes Éxitos de los Beatles interpretados por la orquesta de Ray Conniff. Abrieron las portezuelas y dejaron volar la música por todo el jardín. Los paseantes domingueros se rieron con ellos - ¡Vivan los novios! ¡Vivan!. Tras esa foto, ella se giró entre sus brazos y lo besó en los labios una vez más. “Voy a hacer de ti el hombre más feliz de la tierra” - dijo. Sonaba entonces el obladí obladá.

La vida, o tal vez algún tipo de fuerza centrífuga, los había diseminado por las cuatro esquinas del reino. Aún así todos los hijos consiguieron llegar a tiempo para reunirse ante el lecho de su padre. Él, apenas ya un montoncillo de pellejo, venas y huesos, fue quien mantuvo viva una conversación llena de nimiedades. De nietos. De juntarse siquiera unos días el próximo verano en la casa del abuelo. Ella pasó todo el tiempo junto a la ventana. Con los nudillos mordisqueados miraba, sin ver, la puerta del hospital a través de las persianas. Cuando terminó la hora de visita él pidió que los dejasen un momento a solas. Ella se sentó en el borde de la sábana con una sonrisa llena de temblores. “Aunque todo termine esta noche” - dijo él - “habrá merecido la pena”. Y ella se recostó en su regazo, también para ocultar unos ojos arrasados. Todo acabó esa noche. Una hemorragia masiva inundó sus pulmones y murió antes del amanecer. A ellos les dieron la noticia en la sala de espera de la UCI. Sin tiempo para una despedida más.

Habían vivido escasos, puntuales instantes de felicidad. Fueron más – tampoco tantos – los periodos de placidez entre tormentas. A ella los partos le deterioraron el cuerpo de tal manera que su cotidianidad se convirtió en una sucesión de dolores sin lugar para el entusiasmo. Quedó el rencor, un rencor indefinido y silencioso contra todo y contra todos. La menopausia lo hizo más difícil. Él siempre creyó que intentaba ser un buen padre y un buen marido; pero, en realidad, la mayor parte de las veces osciló entre la condescendiente paciencia y el escapismo. El trabajo le fue muy útil para mantenerse escondido.

En una revisión de rutina a él le descubrieron algo que requería análisis más profundos. A ella la citaron después en consulta. “Su marido morirá en tres meses. No hay nada que podamos hacer”. Un viejo tópico dice que, en el instante de la muerte, tu vida entera pasa ante tus ojos en cuestión de segundos. Durante tres meses, mientras él se consumía en una anhelante esperanza, ella revivió todo su matrimonio. Cada minuto, cada alegría, cada decepción. Cada reproche y cada conversación inacabada. Cada acción y cada omisión. No juzgó a los culpables – ellos mismos. Fueron dos niños ante un juguete incomprensible y no supieron esquivar ninguna trampa. En cada recuerdo revivido se convirtió en la narradora omnisciente, capaz de entender los sentimientos, los errores de los dos. De desentrañar el mecanismo de la ruina. Se colmó de piedad por los dos imbéciles que habían sido. Y de ternura. Él, de alguna manera, pudo percibirlo. Ella nunca le dijo que se moría. Él tampoco. Estuvieron juntos.

Tras el entierro vio muy claro cómo había de ser el resto de su tiempo. Le llevó algunos meses resolver los aspectos prácticos y más convencer a sus hijos de que no era una rendición ni un abandono. Se alejaba para estar más cerca. Se alejaba para poder amar.

El taxista hizo sonar el claxon en la calle. Ella, desde el centro del salón, miró su casa por última vez. Guardó la foto enmarcada en la bolsa de viaje. Cerró la puerta con llave.

Y marchó.

Fin. 

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martes, 14 de mayo de 2013

La del estribo

El teorema de Tales (3 de 3)
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(Tu recuerdo y yo) - José Alfredo Jiménez, por Elan

Soy escritor. Posiblemente usted me haya leído. No reconocería mi nombre. Tampoco mi cara: mi foto no aparece en las contraportadas – cuando las hay. Yo soy Carter Scott, al menos una parte. Yo - y otros veinte o treinta como yo – publicamos libros de divulgación histórica bajo ese nombre. Recopilamos datos de la Encyclopædia Britannica – desde hace un tiempo también de la wiki – y los barnizamos con un estilo accesible, comercial. Tenemos más de cien títulos. Se venden bien. Cumplimos una función. También escribo folletos publicitarios: esos textos que aparecen entre las fotos de parejas felices y amas de casa triunfadoras. Y, por supuesto, también escribo en serio: guardo cinco Grandes Novelas en el cajón. A la espera de editor. Algún día una de ellas verá la luz y cambiaré el mundo. Sí.

Mi esposa dirige una empresa de importación exportación. Recibe subcontratas de grandes almacenes y busca en Asia quien lo hace más barato: con la diferencia llenamos el plato de sopa. Pasa mucho tiempo fuera. Tanto que percibo sus regresos como una interrupción algo molesta de la rutina cotidiana. Entre libro y libro, entre copa y copa, yo me ocupo de la casa. Y de los niños.

A ella la conocí en el parque del barrio. Formábamos parte de un grupo de madres con poco más en común que unos hijos rebozados en arena. Nuestra conversación se centraba en las vicisitudes del crecimiento, en el parloteo social y, sobre todo, en el análisis ácido y familiar del comportamiento de nuestros respectivos. De ella me llamó la atención su mirada transversal de cine negro – y un rictus en la comisura de los labios idéntico al que cada mañana yo descubría ante mi propio espejo. Empezamos a acostarnos: una relación limpia, sin complicaciones. Un poco fría, si ustedes quieren. Satisfactoria para los dos.

Pasado un tiempo fuimos a su apartamento por primera vez – normalmente nos encontrábamos en el mío, en horario de colegio. El cuadro estaba en el salón.

- ¡Vaya! ¿Es auténtico?
- Es de mi marido – dijo – Éste no ha querido venderlo.

Fue un fogonazo. Me estaba tirando a la mujer del pintor más reconocido del momento: era casi como compartir un pedacito de su gloria. Me quedé sin respuesta.

Ella se paró en la entrada del dormitorio, con la blusa a medio quitar. Me miró entre sus pestañas.

- Deja eso – me dijo – Te acuestas conmigo, no con su sombra. Ni eres el primero ni serás el último. Yo no soy un trofeo.

Él viene un día al parque. Muy cordial, trata de ser uno más. Pero su celebridad le convierte en el gallo del gallinero. Yo lo miro mucho: el tío es raro de cojones. Su cabeza parece funcionar a distintos niveles. Quizás eso sea el genio. Es el artista. Vende cuadros a precios escandalosos, es reconocido. Yo guardo cinco Grandes Novelas en el cajón. Yo sé algo que él no sabe.

- Ya se ha enganchado éste – dice ella, cuando él lleva varios minutos absorto. Y todos percibimos el absoluto hastío tras sus palabras.

Estamos en la capilla del crematorio. Su ataúd desaparece tras una cortinilla de guiñol. Ella me abraza con fuerza cuando le doy el pésame. Siento sus pezones a través de las telas. No sé si me pide algo; pero yo ya no tengo nada más que ofrecer. Me siento satisfecho. He encontrado mi papel en la historia. Tampoco esta vez es de protagonista: soy el secundario de carácter que desencadena la acción. Suficiente para robar unos cuantos planos si juego bien mis cartas.

Hasta habrá quien me vea como el malo.

A mí me vale.

Fin.

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martes, 7 de mayo de 2013

Pagar los daños

El teorema de Tales (1 de 3)

(El final oscuro de la calle) - D. Penn por James Carr


No me malinterpreten: amo a mi mujer. Siempre la he amado. Desde el primer momento.

Pero mamá: ¿tú no las ves?
¿El qué hijo, el qué?
Las bolas...
¿Qué bolas? ¿Las canicas? ¿La pelota?
No, no es eso.

No me agarré a ningún clavo ardiendo – como cuenta su padre. Tal vez sea la única mujer capaz de soportarme, pero no estoy con ella por eso.

Ya se ha enganchado el crío” - decía mi madre. De niño me llevaba todas las tardes al parque del barrio, para que me relacionase con otros niños, para jugar con la arena. Parece que, ya entonces, a menudo me quedaba inmóvil, absorto en vete a saber qué. “Ya se ha enganchado el crío” - Mi madre debía imaginar en mi cabeza algo así como el mecanismo de Anticitera: un sindiós de engranajes y ruedas dentadas que en algunos momentos se trababan sin remedio. Al menos nunca intentó ponerme en marcha a golpes.

Yo la amo. Es sólo que

Hubo un profesor: se llamaba Julián. Me miraba mucho. Un día me dio para leer un cuento de Cortazar. El viaje en metro de Johnny fue un fogonazo. Yo no tenía problema con el tiempo: lo mío era la estructura. Pero era lo mismo. Julián me dijo cómo expresarlo.

Empecé a salir con ella. Con ella quise explicarme.

La imagen aumentada de un copo de nieve. Todo tiene un orden, todo sigue su patrón. Yo veo así. La naturaleza, la historia, la forma en que se relacionan los seres vivos. A veces la conexión es evidente. Otras veces cuesta encontrarla. La pauta. Yo la huelo. La última simetría.

Me miró con los ojos más tiernos que jamás he visto. Fue la primera vez que hicimos el amor.

Julián me hizo artista: yo, el bicho raro, aplaudido por todos. Mira tú. Nadie entendió nada. Tiene su parte divertida.

Ella ha llegado a creer que todo es ficción. Que me creo las fábulas de los críticos. Los críticos que han llenado nuestro plato de sopa. Títeres al final del hilo que yo muevo.

Intento por todos lo medios ser normal. Salimos al parque del barrio con los niños. Comentamos la vida con otros padres mientras desenvolvemos bocadillos de queso y jamón Hablamos del Gran Hermano y del traje de Leticia, de la crisis, del Papa, de jueces y de sucesos. Hago un par de apuntes que he plagiado de internet. Soy el famoso. Soy centro de atención. Los cristales de sílice del arenero trazan una figura fascinante más allá de los castillos y las tartas de los niños. Sigo la dirección de ángulos bisectrices  hipotenusas cosenos, una trigonometría como nadie ha podido definir y yo siento bajo las uñas.

Ya se ha enganchado éste” - dice ella con la voz de mi madre – y la desdicha de lo que no fue como esperaba.

Esta noche nuestro dormitorio ha sido mi monte de los olivos. A mi lado ella dormía con una sonrisa feliz. Hacía tiempo que no la veía. La he mirado mucho.

Imaginen un puñado de limaduras arrojadas sobre una plancha metálica. Calienten, enfríen, polaricen la plancha. Y siempre las limaduras alineadas hacia un mismo objetivo. Imaginen un millón de tiradas de dados y un mismo resultado. Imaginen un test de Rorscharch en el que las diez láminas muestran un paisaje mejor para los tuyos. Si tú no estás.

Hasta el último momento he tratado de apartar el cáliz. De negarlo. Sólo quedan dos ánimas estriadas y los proyectiles en el final oscuro de su calle.

Debería haberme mudado para esto.






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miércoles, 1 de mayo de 2013

Una por mi beibi

El teorema de Tales (2 de 3)

(y otra más para el camino) – J. Mercer  por Frank Sinatra



Ustedes amaron al personaje. Yo viví con la persona.

No me malinterpreten: no digo que uno y otro fueran distintos. El personaje era la sublimación de la persona. Sólo su esencia, en el sentido usado por los alquimistas. La destilación de cuanto bueno tenía. La persona, después de comer, iba al servicio. Como ustedes. Como yo. El personaje se deleitaba con la música de las esferas.

Su última obra fue un fresco de expresionismo abstracto á la Pollock sobre el gotelé de su salón. De nuestro salón. Tenía también algo del joven Barceló en lo del uso de materia orgánica. Los sesos. Sus sesos.

Yo ya salía con la persona. Aparte, tenía mi grupo de amigos en la facultad. Nos fumábamos las clases en un bar con minis de cerveza y futbolín. Ese chico le gustaba a mi amiga. Una tarde, tras una victoria épica tras los muñequitos de palo, ese chico y yo nos besamos. Una vez, dos, tres veces. Delante de todos. Los dos sabíamos que no era posible. Los demás, quizás no.

Esa noche yo soñé con aquellos besos. No tal y como fueron. En el absurdo lógico de los sueños la escena saltó unos años en el tiempo. La empresa donde dejé lo mejor de mi inocencia emprendedora se iba al carajo. Los veteranos, los que vimos como la cuesta abajo se hizo irreparable, nos reuníamos en una cervecería al salir de la oficina para contarnos unos a otros que todo pudo ser diferente. En el sueño yo besaba al chico del futbolín una vez, dos, tres veces ante mis compañeros. Las dos escenas no tenían nada en común. Sólo yo y, por una vez en segundo plano, el personaje. Como el secundario que está en los pensamientos de la protagonista pero no sale.

Fue una lacia mañana de domingo. El sueño me dejó un agradable regusto en el cielo del paladar. Lo saboreé entre las sábanas revueltas. Demoré el momento. Y sonó el disparo. Y los gritos de los niños.

No sé porqué lo hizo. O sí. Hay tantas razones... Ninguna con peso suficiente. O sí.

El personaje se levantó temprano. Preparó una jarra de café. Subió al altillo, rebuscó entre las cajas hasta dar con la sarasqueta del abuelo, una doble caño con cartuchos de posta gorda envueltos en el mismo trapo engrasado. Bajó, volvió al salón. Se sentó en el tresillo familiar delante de la tele familiar. Parece que estuvo trasteando con el mando a distancia, apareció luego tirado por ahí. Sí dejó bien colocadas, cuando se descalzó, las chinelas de tela escocesa que le regaló mi padre en su último cumpleaños. Se quitó el calcetín derecho – él siempre dormía con calcetines. Y, como el Tonet de Blasco Ibáñez, afianzó la culata de nogal contra el parqué, se metió los dos cañones en la boca y apretó el gatillo con el pulgar del pie derecho.

Los niños y yo llegamos al salón al mismo tiempo. Vi el fresco de sesos estampinados y cerré la puerta. Llamé a mi padre. Llamé a la policía.

La imagen que me quedó grabada fue la del calcetín. El calcetín sucio – él nunca fue mi cuidadoso con su higiene personal – abandonado como la piel vieja de una serpiente. Arrugado junto a sus pies fríos. Conservando su olor. La esencia de su persona.

Ustedes han llevado al personaje a la inmortalidad.

Yo sigo teniendo su calcetín.


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sábado, 20 de abril de 2013

Mitchum

Sólo tengo dos modos de actuar: uno es a caballo; el otro, no. (Robert Mitchum)

"[...] Hablamos, además, de la Gran Depresión, cuando muchas familias estadounidenses sufrían para poner comida en la mesa. Así que no es tan raro que la madre de Robert le liara el hatillo, cuando éste contaba catorce años, para que vagabundeara por el país. Detenido por ese motivo, la vagancia, Mitchum fue condenado en un pueblo de Georgia a trabajos forzados, a uno de esos chain gangs que reparaban carreteras. La cadena le infectó una pierna, que luego estuvo a punto de ser amputada. Temeroso de no sobrevivir, escapó rumbo a un pantano mientras zumbaban las balas a su alrededor [...]
Fue imposible silenciar lo que sería el mayor escándalo de Hollywood en 1948. Mitchum y un colega fueron detenidos en la casa de dos starlettes, fumando porros. En aquellos días, la marihuana estaba tan estigmatizada como la morfina. A Robert no le sirvió de nada explicar que crecía salvaje en el campo, que aprendió a usarla en sus días de vagabundo, que funcionaba como perfecto relajante. Le cayeron doce meses de cárcel, de los que cumplió dos en una granja penitenciaria."

Diego A. Manrique. Revista Gentleman, enero 2013

Póker:

  • Retorno al pasado (1947)
  • Cara de ángel (1952)
  • La noche del cazador (1955)
  • El cabo del terror (1962)

Música

  • "What is this thing called love", Robert Mitchum (reproductor en la barra inferior)
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domingo, 7 de abril de 2013

Audrey

 “Leí el libro y me gusto mucho — comento ella —, pero me preocupaba no ser la persona adecuada para el papel. Me parecía que carecía del talante necesario para la comedia. Aquel papel requería un carácter extrovertido, y yo soy introvertida. Sin embargo, todo el mundo insistió en que lo hiciera. Así pues, lo hice y sufrí en todo momento. Incluso llegué a adelgazar. A menudo, mi entras interpretaba el papel, estaba convencida de que no estaba haciendo el mejor trabajo posible” [...]

Cuando la película se proyectó en privado para los jefazos de la Paramount en la siguiente primavera, Mel y Audrey estaban presentes. “Una cosa está clara — comentó Martin Rackin, el jefe de producción de la Paramount, al concluir el pase —, ¡hay que quitar esa maldita canción!” [Moon River] Según Mancini , Audrey saltó entonces de su asiento y, mientras Mel trataba de contenerla, exclamó con voz temblorosa: “Eso será pasando por encima de mi  cadáver”. Ni  qué decir tiene que la canción se mantuvo.

Audrey Hepburn, Biografía por Donald Spoto.
Cuentan que un día Visconti, a quien Maria [Callas] pedía siempre consejo, fue a visitarla a su casa. La cantante acababa de ver la película Vacaciones en Roma y encontró en la encantadora y estilosa protagonista su modelo.
—Luchino, ¿si tuviera el cuerpo de Audrey Hepburn sería bella? —le preguntó.
—Estarías demasiado delgada.
—Pero… ¿sería atractiva?
—Serías una Traviata más verídica, no olvides que murió consumida —le respondió el director.
Maria se tomó muy en serio las palabras de Visconti y en apenas dos años perdería treinta y cinco kilos.

Divas rebeldes, Cristina Morato.

Póker: 

  • Vacaciones en Roma (1953) 
  • Desayuno con diamantes (1961) 
  • Charada (1963) 
  • My fair lady (1964)

Música

  •  "Moon River" en la voz de su compositor Johnny Mercer (reproductor en la barra inferior)
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sábado, 23 de marzo de 2013

Comunicado en defensa de los derechos y libertades ciudadanos frente al interés del lobby cultural, reclamando la retirada de la Ley Lassalle

Exigimos la retirada de la Ley Lassalle y la apertura de un diálogo equilibrado, moderado por un mediador neutral, entre las autoridades, ciudadanía en general, artistas, creadores e industria, con el objetivo discutir sobre las auténticas reformas necesarias en la LPI en un diálogo abierto y honesto.

No podemos aceptar una reforma en la que la copia privada se convierte de facto en una mera copia personal en una clara desconexión con la realidad y una involución legislativa que no se podía ni concebir ni a finales del siglo pasado y que actúa directamente contra los intereses de creadores y artistas que ven en la copia privada una actividad que les beneficia y sin la cual, muchos no hubieran llegado a ser tales.

También afecta a los derechos de todos los ciudadanos en su acceso a la cultura, no sólo haciendo ilícitas las descargas de internet, sino incluso actividades tan absolutamente comunes como hacer una copia de un original que un amigo haya prestado a otro.

Esta reforma crea un escenario anticompetitivo en el mercado digital y hace que el valor de la cultura española tenga menos posibilidades de ser expandida y por tanto monetizada, perjudicando nuestro desarrollo tecnológico y comercial y nuestra posibilidades de incursión en el mercado exterior.

Tampoco aceptamos que aquellos jueces que tienen que decidir sobre las presuntas infracciones de los derechos de autor sean sistemáticamente excluidos de desempeñar su labor con la creación de un tribunal de excepción al servicio de los lobbys de algunos intermediarios de la industria del entretenimiento. Es una aberración intolerable que nada hace por mejorar la relación cada vez más distante entre ciudadanos y el legislador y perjudica en mayor medida a los creadores y artistas en general en su percepción social.

La ley de Propiedad Intelectual debe amparar los legítimos intereses sociales de la ciudadanía para acceder a la cultura y que los autores se vean remunerados de forma justa para que así sigan creando.

En este sentido no se están tomando las decisiones valientes y activas para que la LPI se adapte a la realidad digital, dando tanto a creadores como industria, las herramientas necesarias para innovar en Internet y afrontar los desafíos que se plantean. Las huidas hacia delante no son, en realidad, nada más que intentar evadirse de la tozuda realidad que acabará por imponerse con mayor o menor sufrimiento para todas las partes implicadas.

Creadores, artistas, ciudadanos en general e industria merecen algo mejor que esto.

Si estás de acuerdo con este texto, cópialo y pégalo donde quieras, difúndelo en tu blog, web o red social. Es mucho lo que hay en juego.


Y otra joya más:

Apropiación del Open Access
"[...] suponen la apropiación por parte de las entidades de gestión de derechos que no les pertenecen y que nos hacen pensar que, en las diatribas sobre propiedad intelectual, nadie es inocente y que, en estos dos casos, los piratas son los otros.

Se trata de las apropiaciones que llevarán a cabo, por un lado, el Centro Español de Derechos Reprográficos ( CEDRO, la SGAE de los libros) sobre las copias digitales publicadas en los campus virtuales universitarios y, por otro lado, la convalidación legal de la apropiación del dinero de no socios que todas las entidades de gestión realizan actualmente."
(artículo completo)

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Copyleft 2013 Fernando Acero Martín. Se permite la copia textual, la traducción y la distribución de este artículo entero en cualquier medio digital, a condición de que este aviso sea conservado. Se permite la cita.”
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jueves, 31 de enero de 2013

Donde se diserta, en tono entre jocoso y pastoral, sobre la incontinencia y la desmesura, los blogs, los “premios” y la Fundación Herbert Von Patto

Hace unos días recibí carta de mi muy querido amigo Herbert Von Patto. Quizás algunos de ustedes se acuerden de él, pues hace un tiempo colaboró activamente en los blogs de esta casa a raíz de un estudio sobre la comarca promovido por la Universidad de Chiquitistán. Después su intensa actividad investigadora le condujo por los cuatro confines mundos del mundo y perdimos un poco el contacto.

El profesor ha pasado momentos difíciles. Tras la jubilación del Rector Bistebol, su más ferviente valedor (el único, según otros), se vio envuelto en una de esas batallas que de tanto en tanto emponzoñan la vida académica. Sus rivales en el claustro de Newbiggin-by-the-Sea le acusaron de malgastar los fondos de la Universidad en investigaciones intrascendentes y de perder el tiempo con estudios que, dada su nula transcendencia, estaba claro que no interesaban a nadie más que a él mismo. Atacaron también su reputación en la blogsfera, lo que le provocó especial daño, ya que a consecuencia de la crisis económica llevaba años sin encontrar editor para sus prolijos manuscritos y sus veintisiete blogs - actualizados a diario, a menudo con varias entradas - eran la única posibilidad de la que disponía para publicar su trabajo. Un tal doctor Neidisch (adjunto junior de webmaster en el conocido portal Symud-i-mi) llegó a presentar en una conferencia un coqueto power point con el que pretendía demostrar que las visitas a los blogs de Herbert procedían en un 99,8% de la misma dirección IP: el ordenador de su despacho en la universidad. Y en un golpe de efecto, que guardó para el final, declaró que los cinco usuarios con los que el profesor mantenía acalorados y extensos debates a través de los comentarios a sus entradas eran, en realidad, cuentas ficticias creadas y mantenidas por el propio Herbert. Al día siguiente, mi viejo amigo presentó su dimisión irrevocable y abandonó Newbiggin-by-the-Sea en menos de una semana.

Pero Herbert Von Patto no es alguien que se rinda fácilmente. Desde su cantón natal de Obwalden ha puesto en marcha la Fundación que lleva su nombre y, gracias al dinero obtenido a través de la publicidad de Google Adwords, el que ya empieza a ser prestigioso  Institut hoher Untersuchung auf dem unbrauchbaren Wissen und der Entwicklung der Studien für die Spachtelmasse des Raumes in den Medien (algo así como Instituto de Alta Investigación sobre el Conocimiento Inútil y el Desarrollo de Estudios para el Relleno de Espacio en los Medios de Comunicación), con el objeto de relanzar el papel de los blogs en un momento en el que, dice, están siendo furibundamente atacados por alternativas con menos enjundia como tuenti, facebook y otras redes sociales de espacio limitado (Herbert dice que en los 140 caracteres de twiter no le cabe ni el nombre del Institut).



La primera medida adoptada por el Instituto ha sido la implantación de la “Gran Medalla Honorífica Von Patto con distintivo melocotón tostado”, una audaz y novedosa iniciativa que pretende premiar a los autores que saturan internet a base de cientos de escritos, reflexiones y fotografías personales de no siempre contrastado interés, calidad o merecimiento alguno; autores, en fin, tan convencidos de su valía que no dudan en publicar hasta la lista de su compra diaria con todo lujo de detalles y comentarios eruditos ad hoc. Creará, además, lazos de unión entre bloggers de todo el planeta – tengan o no algo que ver entre ellos, quieran o no quieran.

El pliego de condiciones de la Medalla es el siguiente:

  • El premiado deberá colocar en lugar destacado de su bitácora la imagen (HD) de la Medalla, con indicación de su procedencia y enlaces a la página de la Fundación, del Instituto y a los veintisiete blogs de Herbert Von Patto.
  • El premiado escribirá una entrada alabando las excelencias académicas y personales de Herbert Von Patto. En caso de no conocerlas, la Fundación le hará llegar una entrada modelo que no puede ser modificada.
  • El premiado realizará tres volteretas mortales seguidas de un pino puente, mantenido al menos durante treinta segundos. Deberá subir un vídeo a youtube que pruebe el cumplimiento de esta condición. (Me dice Von Patto que esto no se exige para echar unas risas, sino para afianzar con una ceremonia ritual el vínculo entre los bloggers premiados)
  • El premiado deberá realizar una aportación económica respetable al Instituto. Ver en Anexo I la Tabla de Aportaciones Respetables.
  • El premiado puede nominar a treinta y cinco autores como candidatos en la próxima entrega de distinciones. Estos candidatos deberán ir cumpliendo con los puntos dos, tres y cuatro antes de ser reconocidos como aspirantes válidos a la Medalla.

Me comunica Von Patto que ¡he sido el ganador indiscutido de la Primera Edición!

Sé que lo merezco.

Y ustedes no.

(“Lo que pasa en la calle”, que decía Mairena)

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