Recordaba con certeza el momento exacto en que se tomó la fotografía: retrato de pareja joven sobre cielo sin nubes. Él la abrazaba desde atrás. El nudo de la corbata torcido, los ojos entrecerrados en una sonrisa traviesa, conseguían desaliñar el impecable peinado de peluquería. Ella, con la cabeza recostada sobre el pecho de él, mostraba la curva del cuello hasta bien entrado el hombro. El blanco del vestido parecía anunciar una transfiguración inminente.
La ceremonia no escatimó ni un solo lugar común, pero ellos – y algunos de los co-protagonistas – la vivieron como si fueran pioneros. La madrina lloró. El primo berreó. Los niños se aburrieron. Hubo quien se rió a destiempo. Y los nervios, claro. Tras el arroz y el carnaval lisérgico de parabienes en la puerta de la iglesia, él, ella, el cuñado – chófer oficial de los novios – y el fotógrafo se fueron a la rosaleda en un citroën DS alquilado para inmortalizar el acontecimiento. El fotógrafo, más joven y jipi que ellos, sacó unos cigarrillos de grifa. El cuñado fue al kiosko junto al estanque a comprar cervezas. “Éste va a ser vuestro único momento relajado en todo el día” - dijo el fotógrafo - “Disfrutadlo”. El citroën tenía un casete ocho pistas y un solo cartucho: los Grandes Éxitos de los Beatles interpretados por la orquesta de Ray Conniff. Abrieron las portezuelas y dejaron volar la música por todo el jardín. Los paseantes domingueros se rieron con ellos - ¡Vivan los novios! ¡Vivan!. Tras esa foto, ella se giró entre sus brazos y lo besó en los labios una vez más. “Voy a hacer de ti el hombre más feliz de la tierra” - dijo. Sonaba entonces el obladí obladá.
La vida, o tal vez algún tipo de fuerza centrífuga, los había diseminado por las cuatro esquinas del reino. Aún así todos los hijos consiguieron llegar a tiempo para reunirse ante el lecho de su padre. Él, apenas ya un montoncillo de pellejo, venas y huesos, fue quien mantuvo viva una conversación llena de nimiedades. De nietos. De juntarse siquiera unos días el próximo verano en la casa del abuelo. Ella pasó todo el tiempo junto a la ventana. Con los nudillos mordisqueados miraba, sin ver, la puerta del hospital a través de las persianas. Cuando terminó la hora de visita él pidió que los dejasen un momento a solas. Ella se sentó en el borde de la sábana con una sonrisa llena de temblores. “Aunque todo termine esta noche” - dijo él - “habrá merecido la pena”. Y ella se recostó en su regazo, también para ocultar unos ojos arrasados. Todo acabó esa noche. Una hemorragia masiva inundó sus pulmones y murió antes del amanecer. A ellos les dieron la noticia en la sala de espera de la UCI. Sin tiempo para una despedida más.
Habían vivido escasos, puntuales instantes de felicidad. Fueron más – tampoco tantos – los periodos de placidez entre tormentas. A ella los partos le deterioraron el cuerpo de tal manera que su cotidianidad se convirtió en una sucesión de dolores sin lugar para el entusiasmo. Quedó el rencor, un rencor indefinido y silencioso contra todo y contra todos. La menopausia lo hizo más difícil. Él siempre creyó que intentaba ser un buen padre y un buen marido; pero, en realidad, la mayor parte de las veces osciló entre la condescendiente paciencia y el escapismo. El trabajo le fue muy útil para mantenerse escondido.
En una revisión de rutina a él le descubrieron algo que requería análisis más profundos. A ella la citaron después en consulta. “Su marido morirá en tres meses. No hay nada que podamos hacer”. Un viejo tópico dice que, en el instante de la muerte, tu vida entera pasa ante tus ojos en cuestión de segundos. Durante tres meses, mientras él se consumía en una anhelante esperanza, ella revivió todo su matrimonio. Cada minuto, cada alegría, cada decepción. Cada reproche y cada conversación inacabada. Cada acción y cada omisión. No juzgó a los culpables – ellos mismos. Fueron dos niños ante un juguete incomprensible y no supieron esquivar ninguna trampa. En cada recuerdo revivido se convirtió en la narradora omnisciente, capaz de entender los sentimientos, los errores de los dos. De desentrañar el mecanismo de la ruina. Se colmó de piedad por los dos imbéciles que habían sido. Y de ternura. Él, de alguna manera, pudo percibirlo. Ella nunca le dijo que se moría. Él tampoco. Estuvieron juntos.
Tras el entierro vio muy claro cómo había de ser el resto de su tiempo. Le llevó algunos meses resolver los aspectos prácticos y más convencer a sus hijos de que no era una rendición ni un abandono. Se alejaba para estar más cerca. Se alejaba para poder amar.
El taxista hizo sonar el claxon en la calle. Ella, desde el centro del salón, miró su casa por última vez. Guardó la foto enmarcada en la bolsa de viaje. Cerró la puerta con llave.
Y marchó.
La ceremonia no escatimó ni un solo lugar común, pero ellos – y algunos de los co-protagonistas – la vivieron como si fueran pioneros. La madrina lloró. El primo berreó. Los niños se aburrieron. Hubo quien se rió a destiempo. Y los nervios, claro. Tras el arroz y el carnaval lisérgico de parabienes en la puerta de la iglesia, él, ella, el cuñado – chófer oficial de los novios – y el fotógrafo se fueron a la rosaleda en un citroën DS alquilado para inmortalizar el acontecimiento. El fotógrafo, más joven y jipi que ellos, sacó unos cigarrillos de grifa. El cuñado fue al kiosko junto al estanque a comprar cervezas. “Éste va a ser vuestro único momento relajado en todo el día” - dijo el fotógrafo - “Disfrutadlo”. El citroën tenía un casete ocho pistas y un solo cartucho: los Grandes Éxitos de los Beatles interpretados por la orquesta de Ray Conniff. Abrieron las portezuelas y dejaron volar la música por todo el jardín. Los paseantes domingueros se rieron con ellos - ¡Vivan los novios! ¡Vivan!. Tras esa foto, ella se giró entre sus brazos y lo besó en los labios una vez más. “Voy a hacer de ti el hombre más feliz de la tierra” - dijo. Sonaba entonces el obladí obladá.
La vida, o tal vez algún tipo de fuerza centrífuga, los había diseminado por las cuatro esquinas del reino. Aún así todos los hijos consiguieron llegar a tiempo para reunirse ante el lecho de su padre. Él, apenas ya un montoncillo de pellejo, venas y huesos, fue quien mantuvo viva una conversación llena de nimiedades. De nietos. De juntarse siquiera unos días el próximo verano en la casa del abuelo. Ella pasó todo el tiempo junto a la ventana. Con los nudillos mordisqueados miraba, sin ver, la puerta del hospital a través de las persianas. Cuando terminó la hora de visita él pidió que los dejasen un momento a solas. Ella se sentó en el borde de la sábana con una sonrisa llena de temblores. “Aunque todo termine esta noche” - dijo él - “habrá merecido la pena”. Y ella se recostó en su regazo, también para ocultar unos ojos arrasados. Todo acabó esa noche. Una hemorragia masiva inundó sus pulmones y murió antes del amanecer. A ellos les dieron la noticia en la sala de espera de la UCI. Sin tiempo para una despedida más.
Habían vivido escasos, puntuales instantes de felicidad. Fueron más – tampoco tantos – los periodos de placidez entre tormentas. A ella los partos le deterioraron el cuerpo de tal manera que su cotidianidad se convirtió en una sucesión de dolores sin lugar para el entusiasmo. Quedó el rencor, un rencor indefinido y silencioso contra todo y contra todos. La menopausia lo hizo más difícil. Él siempre creyó que intentaba ser un buen padre y un buen marido; pero, en realidad, la mayor parte de las veces osciló entre la condescendiente paciencia y el escapismo. El trabajo le fue muy útil para mantenerse escondido.
En una revisión de rutina a él le descubrieron algo que requería análisis más profundos. A ella la citaron después en consulta. “Su marido morirá en tres meses. No hay nada que podamos hacer”. Un viejo tópico dice que, en el instante de la muerte, tu vida entera pasa ante tus ojos en cuestión de segundos. Durante tres meses, mientras él se consumía en una anhelante esperanza, ella revivió todo su matrimonio. Cada minuto, cada alegría, cada decepción. Cada reproche y cada conversación inacabada. Cada acción y cada omisión. No juzgó a los culpables – ellos mismos. Fueron dos niños ante un juguete incomprensible y no supieron esquivar ninguna trampa. En cada recuerdo revivido se convirtió en la narradora omnisciente, capaz de entender los sentimientos, los errores de los dos. De desentrañar el mecanismo de la ruina. Se colmó de piedad por los dos imbéciles que habían sido. Y de ternura. Él, de alguna manera, pudo percibirlo. Ella nunca le dijo que se moría. Él tampoco. Estuvieron juntos.
Tras el entierro vio muy claro cómo había de ser el resto de su tiempo. Le llevó algunos meses resolver los aspectos prácticos y más convencer a sus hijos de que no era una rendición ni un abandono. Se alejaba para estar más cerca. Se alejaba para poder amar.
El taxista hizo sonar el claxon en la calle. Ella, desde el centro del salón, miró su casa por última vez. Guardó la foto enmarcada en la bolsa de viaje. Cerró la puerta con llave.
Y marchó.
Fin.



